En un pueblo no muy lejano, vivía una familia que se ufanaba de todo cuánto tenían. ¡Y miren que tenían!. Poseían carros, mansiones, haciendas, hoteles, yates, cash…sus hijos y ellos mismos vestían muy bien. Aunque no eran muy afortunados en sus habilidades académicas, fueron a los mejores colegios, tristemente los colegios no fueron a ellos. Poseían tantas cosas que se olvidaron de poseerse a sí mismos. En ese momento de la vida, disfrutaban del «pollo», sin saber que el plato daba vueltas.
En la empresa donde trabajaba José, el jefe de familia, todos le temian, porque el caballero no dialogaba, gruñía.
En la casa, las empleadas siempre estaban nerviosas y cautelosas para que su accionar diario no ofendiera a Antonia, la señora de la casa, porque no solo arremetia contra ellas de manera verbal, sino, incluso llegó a pegarles, y los jóvenes, porque eran muy jóvenes, se creian que merecían que el mundo estuviera a sus pies, todos los jóvenes eran presuntuosos, petulantes, menos Amelia. Amelia era una joven alegre, solidaria y a quien le gustaba ayudar, todos pensaban que está niña no era hija de sangre de esos señores, y ellos se comportaban como que ella no fuera su hija.
Al cabo del tiempo, debido a los malos manejos de los negocios y de la irresponsabilidad de los jóvenes, el plato comenzó a dar vueltas, y les tocó «el bollo». Menos a Amelia, que fue hacendosa responsable colaboradora, empática y que aprovechó su tiempo para formarse adecuadamente. Había conseguido un empleo rutinario, porque no pudo entrar al negocio familiar y con esfuerzo ascendió hasta los niveles gerenciales. Amelia aprendió desde niña que el plato daba vueltas, y que debía buscar las ventajas cuando le tocará el pollo o el bollo. Ahorró, y ayudaba a los más necesitados. No obstante, los demás jóvenes no entendían porque la vida les habia puesto en esa posición de pobreza, solo aprendieron a saborear el pollo, y ahora que debían degustar el bollo se quejaban constantemente.


Deja una respuesta