Eran poco más de las nueve de la mañana cuando Cleotildes apareció en el umbral de Juana. No hubo necesidad de protocolos; las sostenía el peso bendito de setenta y ocho años de amistad. Más que amigas, eran dos mitades de una misma historia que se negaba a borrarse.
Habían crecido juntas, entre los juegos en el río y los mandados a la loma. Juntas acudieron a la «Casa de la señorita Nieves», donde aprendieron a descifrar letras y a entender esas lecciones de vida que sus padres, curtidos por el campo, no siempre sabían explicar. En aquella época, entre 1920 y 1940, el destino de la mujer rural estaba sellado: sin recursos ni aspiraciones académicas, la meta era el altar. A los trece años ya eran pequeñas mujeres; a los dieciséis, ambas ya estaban casadas.
Cleotildes partió con un marido aventurero hacia otros horizontes; Juana se quedó en el pueblo, anclada a la calma de un hombre sin riesgos. Pero el hilo que las unía nunca se tensó lo suficiente como para romperse. Cleotildes siempre volvía a sus raíces.
Sin embargo, el tiempo es un escultor cruel. En esta última visita, Cleotildes se alojó primero en casa de su hermana Luisa, pero descubrió con amargura que «los tiestos ya no se parecen a las cazuelas». El respeto por los mayores se había evaporado: la música estridente de los nietos no dejaba descansar a la mujer que ya rozaba los ochenta. Desesperada, recogió sus bártulos y buscó refugio en casa de Juana, esperando a que sus hijos pasaran a buscarla.
La casa de Juana era un hervidero. Vacaciones, hijos y nietos de vuelta; un «barco lleno». Aun así, Juana le hizo un hueco en el «cuarto de las señoritas». Allí, Cleotildes acomodó sus pertenencias y, con la pulcritud de quien guarda un tesoro, dobló su camisón de dormir y lo escondió bajo la almohada.
Esa noche, la nieta más audaz de Juana, buscando algo «vintage» y único para destacar en la fiesta, encontró el camisón. Sin pedir permiso, se lo enfundó como si fuera un vestido de gala y salió a la noche. Mientras la prenda se balanceaba en una pista de baile bajo luces de neón, Cleotildes buscaba en vano su ropa bajo la almohada, sintiendo un vacío extraño, casi premonitorio
La mañana trajo la claridad y el dolor. Cleotildes vio a la joven entrar en la casa, todavía vestida con su camisón arrugado y oliendo a tabaco y noche. No hubo gritos. Solo un silencio pesado mientras la anciana terminaba de cerrar su maleta.
Juana, con el rostro encendido de vergüenza, se acercó a su amiga en el porche.
—Cleo, por Dios, perdónala… Es joven, no saben lo que hacen. Te traeré el camisón limpio ahora mismo —balbuceó Juana, intentando retenerla.
Cleotildes se giró despacio. Sus ojos, nublados por los años pero claros en su juicio, buscaron los de su amiga.
—No es el camisón, Juana —dijo con una voz que parecía venir de muy lejos—. Es que ya no nos ven. Para ellos, nuestras cosas son disfraces y nuestra paz es un estorbo. Mi camisón anduvo anoche en lugares donde yo nunca pondría el alma.
—Quédate, Cleo. Los hijos ya vienen por ti, no te vayas así —suplicó Juana, tomándola de las manos nudosas.
—Me voy ahora, Juana. Prefiero irme mientras queda el vestigio del amor que nos une en mi corazón. Si me quedo un minuto más, voy a empezar a olvidarte como eras antes, y no quiero. Quiero recordarnos en el río, no en esta casa donde ya somos extranjeras.
Juana no insistió. Comprendió que lo que se había roto no era una tela, sino el sagrario de su intimidad. Se dieron un abrazo que olió a despedida final, un abrazo que cargaba con siete décadas de confidencias.
Cleotildes se alejó por la calle sin mirar atrás. Esa mañana, entre el eco de un equipo de música lejano y una prenda profanada, se finiquitó una hermandad de toda la vida. Fue la última vez que Cleotildes visitó sus raíces; entendió, al fin, que las raíces no sirven de nada cuando la tierra ya no te reconoce.
Créditos de imágenes
- Generado con Gemini.


Deja una respuesta