Como cada tarde, cumplíamos una rutina que emulábamos día tras día. «¡Hasta que aprendas!», era el pensar de aquel ser maravilloso que me consentía y educaba en el amor; en sus palabras siempre conseguía un «sí» a mi propuesta de comprar una bebida.
A la sombra del calor que emanaba el fogón en pleno mediodía, y aunque ella estaba ocupada en las faenas diarias de sus dulces para la venta, siempre hacía el espacio para consentirme. Yo, sentada en las piernas de mi mamá, repetía la frase mágica: —Maita, dame un real para comprar una malta… o un juguito.
Ella, abrazándome, sacaba la moneda de entre sus cabellos, besaba mi frente y me recordaba: —No lo compres frío, recuerda que eres asmática.
Salía corriendo, jugando entre calles y huecos hasta llegar a la bodega de Celedonio. Yo, una niña de no más de cuatro o cinco años, regresaba contenta a las piernas que me proporcionaban la seguridad de la vida (un sentimiento que descubriría muchísimos años más tarde). Con la alegría propia de esa edad, le pedía que me destapara la bebida y me la tomaba ansiosa. Ni siquiera volteaba a ver si Maita quería un poquito; yo no preguntaba y ella no pedía. Me dejaba quietecita, disfrutando ese sabor que para mí era magia, mientras a ella, en apariencia, no le importaba.
Al pasar las horas, ya al fragor de la tarde-noche, Maita me llamaba: —Boni, ven hija, cómprame uno de esos que tú compraste temprano.
Salía yo más contenta que nunca a buscarle su bebida. Al traerla, me quedaba ahí, esperando un poquito. Ella, alegre y como si no pasara nada, sin la mínima intención de desilusionar a su retoño, la destapaba y, como si fuera agua de vida, la tomaba saboreando trago a trago. Yo, con mis ojos llorosos, esperaba y esperaba hasta que comprendía que no habría nada para mí. Entonces, abriendo la «canasta», lloraba mares hasta más no poder. Mi madre me decía: —¿Por qué lloras? El que no comparte no tiene derecho a pedir que compartan con él. Las campanas dicen: «dan, dan… da para que te den».
Con una sonrisa en sus labios, la magia del amor en su mirada y la protección de sus brazos, me acurrucaba en su regazo, esperando que esa vez, por fin, hubiera aprendido la lección.
Nota: Real, moneda de 0,50 céntimos de Bolívar.
Créditos de imágenes


Deja una respuesta