En un pueblo de cuyo nombre el olvido ya se ha encargado, habitaba una familia que no solo poseía grandes riquezas, sino que hacía de la ostentación su única bandera. Sus mansiones de mármol, sus haciendas sin horizonte y sus armarios desbordantes de seda eran su carta de presentación ante un mundo que miraban por encima del hombro. Sus hijos transitaron por las aulas de los colegios más insignes del país; sin embargo, fue un viaje estéril: ellos pasaron por los libros, pero los libros jamás pasaron por ellos. Tenían tanto que, en el frenesí de acumular, terminaron por olvidarse de poseerse a sí mismos. En aquel entonces, devoraban lo «mucho» con una soberbia voraz, ignorando que la vida es un plato que nunca detiene su giro.
José, el patriarca, no gestionaba su empresa; la tiranizaba. Desconocía el arte del diálogo y, en su lugar, profería gruñidos que hacían palidecer a sus empleados. En el hogar, el aire era igualmente denso. Antonia, la señora de la casa, mantenía al servicio en un estado de vigilia y terror; su desprecio no se agotaba en la herida verbal, sino que a veces se materializaba en golpes hacia quienes consideraba sus subordinados. Los hijos, fieles reflejos de sus padres, caminaban exigiendo una pleitesía que no se habían ganado. Todos eran cáscaras presuntuosas y vacías… todos, menos Amelia.
Amelia era la nota armónica en aquella orquesta de arrogancia. Solidaria, de espíritu ligero y manos siempre dispuestas al servicio, despertaba dudas sobre su linaje; muchos se preguntaban si por sus venas corría la misma sangre que la de aquellos señores que la trataban, en el mejor de los casos, como a una extraña bajo su propio techo.
Pero el tiempo, ese juez implacable que no acepta sobornos, hizo girar el plato. La ceguera del ego, los manejos turbios y la indolencia de los hermanos terminaron por devorar hasta el último vestigio de la fortuna. De la noche a la mañana, el festín de lo «mucho» se evaporó, dejando en su lugar el eco helado del «vacío».
La caída encontró a la familia desarmada y desnuda, a excepción de Amelia. Ella, a quien nunca se le permitió entrar en los negocios familiares, había labrado su propio destino en un empleo modesto. Con la humildad de quien sabe escuchar y la disciplina de quien sabe sembrar, ascendió paso a paso hasta alcanzar niveles gerenciales. Amelia había comprendido desde la infancia la ley del plato: «Hay que ser agradecido cuando la vida te colma y ser inquebrantable cuando la vida te vacía».
Mientras sus hermanos se hundían en el fango de la queja y el desconcierto, incapaces de entender por qué el destino les había «robado» su pedestal, Amelia caminaba sobre tierra firme. Ella no solo había ahorrado capital; había atesorado valores. Hoy, mientras su familia intenta digerir con amargura la miseria que su propia soberbia cultivó, Amelia sigue adelante con la misma sonrisa serena, recordándoles —sin decir una palabra— que quien no aprende a compartir el banquete, termina asfixiándose con las migajas del devenir.
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