Cuentos de Yvón

Un viaje a través de la imaginación y la sabiduría

Donde el número no es suficiente


Durante mis años frente a la pizarra, descubrí que las matemáticas solo son exactas en el papel; en la vida, suelen ser una cuestión de perspectiva. Lo aprendí de Bernardo, un niño que miraba el mundo con la lupa de los detalles, mientras yo intentaba enseñarle el orden de lo general.

Aquella mañana de calor denso, hablábamos sobre clasificación. Para poner a prueba su lógica, le pedí que nombrara tres frutas distintas. Bernardo, con la chispa de quien ha resuelto un enigma, exclamó:

—¡Tres mangos, maestra!

—Bernardo —respondí con esa paciencia ensayada que tenemos los docentes—, tres mangos son la misma fruta repetida. Necesito tres nombres diferentes.

El resto del salón, siempre dispuesto a la complacencia, estalló en un coro de voces: «¡Mango, piña, y Plátano!». Asentí, dándoles la razón para señalar el «error» de Bernardo. Pero él no se inmutó. Cruzó sus brazos pequeños, frunció el ceño y defendió su verdad:

—Es que no son iguales, maestra. Uno es mango de hilacha, otro es mango verde y el otro es mango maduro. Tienen colores distintos y saben distinto. Si no se parecen, ¿cómo van a ser la misma fruta?

—Hijo, en esencia, todos son mangos —sentencié, dando por terminada la discusión con la rigidez de un manual—. El concepto es el mismo.

Él guardó silencio, pero su mirada se quedó anclada en el vacío, como quien guarda una carta bajo la manga para una mejor ocasión.

La oportunidad llegó semanas después. Estábamos trazando conjuntos en la pizarra. Dibujé un círculo grande y, dentro de él, bosquejé con tiza tres mangos y dos plátanos. Me giré hacia la clase con la pregunta de rigor:

—A ver, ¿cuántas frutas hay en total dentro del conjunto?

Esperaba un «cinco» unánime y veloz. Sin embargo, Bernardo levantó la mano con una parsimonia casi solemne. Su sonrisa no era de travesura, sino de victoria académica.

—Hay dos frutas, maestra —afirmó, rotundo.

El silencio que siguió fue absoluto. En ese instante, comprendí que mi alumno no estaba contando objetos, sino categorías. Mientras yo veía unidades aritméticas, él veía identidades. Para Bernardo, la multiplicidad no estaba en el número, sino en la diferencia.

Aquella tarde, la que salió del aula con una lección nueva no fue el niño, sino la maestra.

Esa noche, al llegar a casa, miré el frutero y, por primera vez en años, no vi solo mangos; vi colores, tiempos y promesas de sabores diferentes, porque a veces es necesario ver matices.

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