Cuentos de Yvón

Un viaje a través de la imaginación y la sabiduría

El espejo del barro


Caminaba aquella tarde por los senderos de siempre, pero no pisaba la tierra; flotaba sobre una idea. En mi mente, la fantasía se había vuelto una dictadora engreída que me susurraba verdades absolutas: Dios me había tallado sin grietas, dotándome de una inteligencia que convertía el mundo en un tablero de piezas lentas y predecibles. Me miraba a través de un cristal dorado y me veía como la joya de la creación.

Con el ego ensanchado, proyectando una sombra que pretendía eclipsar el paisaje, me adentré en los maizales del pueblo. Los tallos altos y verdes se cerraron a mi paso como cortinas de un teatro. Al perderme, mi primer impulso no fue el miedo, sino el desprecio: «Qué hastío. Tendré que ensuciar mi voz hablando con la gente del campo para que me guíen a la salida».

Fue entonces cuando la vi. Era una niña de mi edad, pequeña y de pies descalzos, que me observaba con una mezcla de reverencia y desconcierto. Para mí, ella no era una igual, sino el público que mi vanidad estaba esperando.

—Dime, niña, ¿tienes nombre? —pregunté, dejando que mi voz cayera como una limosna—. Admiro tu buen gusto; mi belleza es, después de todo, algo digno de contemplar. Mira mi piel, es seda pura. Todos ruegan por un segundo de mi tiempo. ¿Quieres tú también el privilegio de ser mi amiga y vivir a la sombra de mi hermosura?

No esperé su respuesta. Erigí un muro de palabras, enumerando mis virtudes como quien recita un inventario de tesoros. Margarita —así la llamaron después— vio cómo la luz de su curiosidad se apagaba. La sonrisa que amagaba con nacer en su rostro se marchitó, reemplazada por una tristeza profunda, no por ella, sino por la pobreza de mi espíritu.

A lo lejos, los labradores dejaron de trabajar. —Margarita —dijo uno de ellos con voz grave—, no te empequeñezcas. Deja que se quede a solas con su reflejo; no hay peor soledad que la de quien se cree el centro de todo.

—¡No necesito a nadie! —exclamé, lanzando las palabras como piedras—. ¡Yo soy perfec…!

Pero la palabra murió en mi garganta. El suelo, harto de mi altivez, se desvaneció bajo mis pies. Un estrépito húmedo y asfixiante selló mi sentencia: plass.

Me hundí en el bebedero de los cerdos. El agua estancada y el fango devoraron mi piel de seda y mis ropajes finos. Quedé convertida en una mancha oscura y ridícula. Sin embargo, antes de que pudiera hundirme en mi propia vergüenza, una mano pequeña y firme se extendió hacia mí. Era Margarita.

Mientras me ayudaba a ponerme en pie, sus palabras calaron más hondo que el frío del agua:

—Dios no hace copias, solo originales —me dijo con una ternura que me dolió más que la caída—. Cada uno es esencial en su rincón del mundo. La inteligencia no es un arma para humillar, sino una herramienta para construir, decidir y sanar. No eres la más bella ni la más fea; la verdadera fealdad es el egoísmo que te impide ver al otro. Eres única, pero no superior. Deja de cargar con la perfección, que es una cruz muy pesada, y simplemente… aprende a vivir.

Aquel bebedero de cerdos no fue mi ruina, sino el primer espejo de barro donde pude ver, por fin, mi verdadera humanidad.

Créditos de imágenes

Una respuesta

  1. Avatar de Mirluis

    💯❤️

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